viernes, junio 09, 2006

El pequeño doctorcito

    Esto le pasó a mi tía-abuela materna: Margarita Parajón de Escorcia. Resulta ser que por los años sesenta ella dio a luz a su último hijo varón, al que por nombre le pusieron Javier. A los días del nacimiento de Javier, este enferma gravemente y mi tía Margarita se vuelve loca. En su desesperación, sale corriendo a medianoche en las calles de León a buscar a un doctor que la socorra. Inmensamente angustiada, ella va a parar a un puente que da camino a un río; y en el cual, en medio del puente, se le aparece un señor de muy baja estatura, el cual la detiene y le pregunta qué es lo que la angustia. Ella le cuenta que su hijo está mal y no sabe qué hacer. Él le dice que él la puede ayudar, y que lo lleve ante el bebé. Ella, confiada, lo lleva y él entra en la casa y, cuando ve a Javier, lo primero que hizo fue sacar de su diminuto maletín una especie de pomada y se la frotó en el ombligo al niño e inmediatamente él dejó de llorar. 


    En ese mismo instante, mi tía toca al niño y se da cuenta de que ya no tiene fiebre. Consecuentemente a eso, mi tía se voltea para darle las gracias al misterioso doctor con su maletín para agradecerle inmensamente lo que había hecho por su pequeño recién nacido. Pero para su sorpresa, el médico de estatura pequeña, que casi parecía un enano, había desaparecido ante sus propios ojos. Jamás en el transcurso de su vida volvió a saber del doctorcito de baja estatura. Después de lo sucedido, mi tía, intrigada por la desaparición del señor, empezó a preguntar si alguien había visto con anterioridad al susodicho. Para su sorpresa, nadie le supo dar razón; lo único que le pudieron decir es que el que le había ayudado no había sido un médico, sino un duende. 

(Versión tomada directamente de Patricia Salazar y recogida por Martha Isabel Arana, 9 de junio, 2006)